Entrevistas

 

No. 104 / Noviembre 2017



Entrevista


Conversación con Chinoy:

Lo infinitamente invisible
 


Luisa Manero Serna


 
Chinoy, conocido en Chile como trovador y cantautor, conjunta en su carrera la música, la pintura y la poesía. En el marco de la Feria Internacional del Libro Zócalo 2017 presentó su libro de poemas Velocidad crucero, felicidad lucero, y el día de la presentación tuve la oportunidad de entrevistarlo. Me senté a esperarlo en la recepción del hotel y me pregunté si hablaría como canta. Lo vi salir del elevador con los ojos como ranuras que filtran la luz por entre las pestañas. Pensé “este tipo me va a caer bien”.

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¿Cuándo y cómo te decidiste a agarrar una guitarra y cantar?

Tiene que haber sido muy chico. Había una guitarra en la casa que me quedaba gigante, y siempre tenía la intención… bueno, como la sensación de que iba a cantar. Y comenzaron a aparecer las bandas, primos mayores me enseñaron distintas músicas, entonces de muy chico decidí dedicarme a tocar.


¿Qué tipo de música te enseñaban?

Música punk, punk rock.


¡Ah, qué bien! ¿Como qué bandas?

Sex Pistols, Los Ramones, La Polla Records… Así que empecé con eso, y, bueno, estaba muy chico… Y creo que era antes de que agarrara la guitarra, que mi tío estaba en el coro de la iglesia, y en el colegio estaban haciendo unos talleres de guitarra, y yo entré a uno de esos. Entonces aprendí algunos villancicos, e inmediatamente quedé como una de las voces del curso, y empecé a cantar en el colegio. Entonces de chico empecé a entrar al mundo de la actuación sobre el escenario, la interpretación. Y ahí me quedé. Todavía estoy ahí.


¿Cómo consideras que han ido cambiando tus composiciones, desde las primeras hasta las actuales? ¿Y cómo te sientes respecto a lo primero que escribiste?

Las primeras canciones que hice fueron a los catorce o quince años, y eran composiciones que tenían que ver con la observación de mi alrededor, y eran un poco maquilladas por el mensaje punk, de odio a la tradición, y no obedezcas nada, y… bueno, entre más lejos de casa era mejor. Esas fueron las primeras. Después empecé a escribir a los veinticuatro, pegué un salto en el tiempo. Y esas composiciones tienen más que ver con mi fuero interno, mi relación con la vida, con la naturaleza, con el conocimiento; eran abstractas, tenían que ver con el imaginario de lo sensorial y lo simbólico. En ese tiempo empecé a escribir canciones que tenían que ver con mi relación con el espíritu, una cosa así. Eran como hechas en caminatas a partir del soliloquio. Era un cuadro bastante íntimo. Y ahora, cuando llegué a Valparaíso, mis composiciones señalaban mi llegada al puerto, cómo veía la ciudad, mis primeros amores, que entre ellos era la ciudad misma, las motivaciones que había para querer realizar música… Quería transparentar la poética de la canción. Eran un poco oscuras antes, herméticas, y ahora trataba de darles más transparencia. Con mi siguiente disco ya me había unido al modo de expresarse del puerto. De la gente que me interesó, y empecé a cantar un poco lo que los otros querían que yo cantara. Y ahora estoy en una época en donde he seguido la línea de la lectura del mundo, y trato de llegar a una fusión con lo femenino. Una internalización desarrollada también hacia los demás. La verdad (risas) no sé cómo lo hago, me salen palabras de la nada. Pero ahora no sé en qué estoy. A lo mejor si el próximo año me haces la entrevista, te podría decir en qué estaba (risa). Pero ahora no sé en qué estoy. He estado pintando más, suelo hacer eso como forma de meditación, para no tener temas contingentes dándome vueltas, sino estar tratando de profundizar desde el silencio, evaluándolo desde lo más profundo.


¿Te acuerdas de la primera vez que te presentaste en un escenario?

Eso fue cuando tenía la banda punk, como a los quince, fue en San Antonio, en el puerto, creo que fue una discoteca, para un beneficio de un incendio que había habido. Nos invitaron, nos inscribimos, y tocamos ahí. Fue una locura, lo que más me impresionó fue que la gente saltara a bailar, que estuvieran haciendo lo que yo había venido haciendo. Vi que estaba funcionando, estaba contento de eso. Después fueron tocadas pequeñas, se armó una especie de movimiento. Había muchas bandas punk, había como ocho, pero nosotros fuimos una de las más importantes. Como la segunda más importante, la primera se llamaba Disciplina Rebelde, que eran un poco mayores que nosotros. Teníamos tocatas en sindicatos, en la escuela, en casas de amigos… No dejamos que se nos fueran las ganas de tocar, y tratamos de agarrar público, de mantener el movimiento.


¿Alguna vez te ha interesado volver a tocar punk?

Sí he tocado. Tengo una banda que se llama Los Preferidos del Ruido. Hace poco, el año pasado, estábamos vivos, tocando. Así que sí he vuelto muchas veces. Todo el rato, cuando estoy sobre el escenario no siento que sea distinto a estar tocando punk. Y a veces, bueno, me pongo medio meloso, caigo en la pausa, veo el aire, y tengo una sensación de catedral. De coro en las nubes. Pero no siempre es así. La mayoría de las veces. Es una intercalación. Estoy un rato, digamos, en el animal, luego me separo de él… floto, o me hundo en las rocas… algo así.


¿Qué artistas han dejado una huella en tu música?

Empezando por los Sex Pistols, y también muchos escritores. Vicente Huidobro, Van Gogh en la pintura… Oscar Wilde, Dostoyevski… Sí…


Ah, por cierto, ¿qué opinas de que te digan el Bob Dylan chileno?

No puedo decir nada, sé que Bob Dylan estaba de moda justo en el momento en que aparecí, entonces de ahí se agarraron. Tratando de comparar siempre…


Ya sé… Es que pienso que tu música no se parece nada a la de Bob Dylan…

¡Nada, nada! Nada que ver. No pueden ver algo original sin tacharlo de algo.


Y siempre un europeo o norteamericano…

Claro...


Pero bueno. También eres pintor. ¿Nos podrías platicar sobre tu incursión en la pintura?

Sí. Desde siempre estuve metido en la pintura, y hacía cuadros motivados por el regalo, regalos a mi mamá, a mi abuela, a mi tía… Y luego hubo una época en que empecé a dibujar mucho para hacer las portadas de la banda. Dibujaba más que estudiar en el colegio. Anotaba, y luego daba vuelta a la página para seguir dibujando. Se juntaban de pronto la materia y los dibujos en el cuaderno. Pero cuando llegué a Valparaíso, entré a un taller, estuve mucho tiempo pintando en el campo en Chile, en una comunidad chiquita, una zona rural con tres casas y una escuela… Fui a este taller y me encontré a un pintor. Se volvió un amigo, de hecho cuando venía para allá me reencontré con él, hacía mucho que no lo veía, como cinco años. Él fue mi maestro. Porque en la escuela pintábamos y los profesores nos borraban todo. Decidí no ser borrado. Estuve diario pintando, dibujando, aprendiendo de él la técnica… Pintábamos sin parar. La pintura para mí es una manera de ver otro tipo de cosas que están alrededor del fenómeno del color, o de la situación del tiempo. No puedes resolver una situación del cuadro, entonces tienes que devorar algo que está infinitamente invisible. Estás buscándolo, buscándolo, abriendo cajones de aspiración, o de imágenes. Porque finalmente estás pintando una imagen total, pero te está buscando esa imagen en pequeños trozos que se van desencadenando. Entonces puedes ver fenómenos, como que estás mirando para el otro lado, y de pronto tu mano se movió sola y era justo el trazo perfecto. He trabajado sobre el presente sin mucho pensamiento. El pensamiento queda ausente. Entonces lo que se va viendo es otro tipo de pensamiento que está en otro tipo de atención. Como ver que cae una gota, y antes no sabías cómo resolver el cuadro, y de pronto te das cuenta de que quedó perfecto. Y de ahí te vas a otro lado… Es finalmente una búsqueda de libertad.


¿Es figurativo lo que haces?

Es más expresivo. Agarro el cuadro y hecho de todo. Le tiro agua, tiro la pintura, luego borro todo eso, voy rayando, y va apareciendo algo que es una lectura. Por eso me gusta. Porque me da la libertad de una lectura inconsciente, más incondicional. Es un regalo, al final. Me da la sensación de que no lo hice yo, de que tú estuviste ahí poniéndole el color, pero ya que corresponde a otro tipo de atención, todo llegó de allá, del inconsciente. Aparece una cara, con ese reloj, con ese brillo que parece un tren… Es una situación psicológica o de estado de ánimo, pero más que nada es la expresión. Te darás cuenta de que no me gusta tanto hablar de mi biografía, pero sí de mi obra.


Pero está bien, el punto es que hables de lo que quieras.

¿Sí está bien?


Claro. Acerca de tu poesía. ¿Podrías caracterizar cuál es tu búsqueda estética o personal en tu labor poética?

Estoy aprendiendo a escribir. Este primer libro se llama Inspiron, es una poesía automática. Lo hice en un mes. Hice muchos poemas, y les agregué encabezados, relatos, como cuentos que narran dónde está el personaje… Por eso se llama Inspiron, Inspiron es mi personaje. Y desde él salen los poemas. Hay uno que dice que está subiendo al camión, se bañó en calzoncillos, en boxers, es decir, se bañó improvisadamente, y de pronto ve una chica al fondo, la ve leyendo, y se acerca así nada más. Y le escribe el poema. Entonces aparece el proceso de descomposición, digamos, de la relación. La chica era una poeta y terminó yéndose a otro lado y no la vio más. Es una especie de cuento con el poema central. Es una mutación que tiene que ver con la lectura, con el acto de leer, y le sacas una ceja a un poema, una oreja al otro, y vas formando un género entre la carne y los corazones, y todo lo que va de la mano de un poema. Entran también las palabras que vienen de otra gente, pues a uno lo enseñaron otros a hablar, y así se convierte en la composición de un monstruo. Pueden ser estas palabras contradictorias que vienen de distintos lados pero que pegan muy bien en una frase, que volverse con ellas casi perfectas. Pensé hacer el libro como un relato automático, y desde ahí tenía que darle sentido.

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Hoy presentas tu libro Velocidad crucero, felicidad lucero

Sí. El de hoy lo hice aquí en México. Son crónicas poéticas de un viaje de Saltillo al DF, doce poemas los hice automáticamente arriba de la camioneta, luego hay otros que los hice acá en el DF, acerca de caminatas, amigos que hice… y luego de vuelta al viaje, fui al norte, después al sur…


¿A qué partes fuiste?

Fui a Querétaro, Pachuca, Nuevo León, Nuevo Laredo, Torreón, Saltillo, Monterrey, Morelia, Tulum, acá en el DF, Celaya, Córdoba, Jalapa… Recorrí harto y de ahí salió ese libro. Que fue cuando me subí a la camioneta, que empezaba a escribir. En los lugares no escribía, ni en el hotel… Tal vez algunas cosas en un bar, cuando estábamos próximos a subirnos al bus, o sentando en un café escribí algo… Son sobre el viaje en sí.


Escribir letras de canciones es distinto de escribir poesía. ¿Cómo diferenciarías tus letras de tus poemas, y cómo has experimentado esa diferencia?

Todas las canciones son distintas, vienen de distintos lados. Todas tratan de resolver el asunto del amor, la tragedia… Algunas tratan de adelantarse en el tiempo, las leo y pienso que hablan de la proximidad de la muerte. Otras son la sensación que tienes de ti mismo, la interpretación del alma, del espíritu. A veces las canciones parecen de amor pero en realidad estoy hablándome a mí mismo. Esas son los significados de las letras que hago. Yo me pongo en la situación de que yo soy el elemento abstracto, y las canciones son el elemento sólido que tienen que ver con la práctica de la vida, pero yo en realidad soy el caos y constituyo esta cosa como palabras sueltas que andan girando, y la presencia de ese momento. Le he hecho canciones la sensación del espíritu, y de cómo se va, cómo vuelve, cómo se forma y se logra, de vez en cuando, decir o no decir. Resolverse. No se resuelve nunca, nunca es definitivo. Es infinito, solamente se puede dar unos pasos, uno se vuelve y ya no está. Pero ahí está la sensación de la compañía, que uno no puede vislumbrar del todo, está a punto… es como la búsqueda en sí misma. Y también es el encuentro que existe, esta sensación de que hay algo y que tiene palabras. Si las canciones tienen una razón… cuando escribí una tuve la sensación de que la canción era como una estrella, que se separaba de mí, y subía y subía, y yo estaba rodeado de gente que estaba en otra cosa, pero esa sensación con la intimidad ya me había enganchado.


Ya. ¿Y cuáles son tus próximos proyectos en música, poesía y pintura?

Seguir adelante (risas), escribiendo, pintando… Tengo ahora un taller nuevo. Así que voy a llegar a pintar, tengo una exposición en Valparaíso el 1° de diciembre. Estaré de vuelta con exposiciones, también voy a enseñar el libro cuando llegue a Chile, porque no había lanzado nunca un libro, es la primera vez. También voy a sacar un disco el próximo año, en marzo debería estar listo. Y seguiré tocando, como siempre.

 

 
Chinoy / Dulce amor / Manyfesto Producciones
 
 
 

No. 101 / Julio-Agosto 2017




Javier Galarza:
sus respuestas y poemas
 


Rolando Revagliatti


 

Javier Galarza
nació el 27 de febrero de 1968 en Buenos Aires, Argentina, ciudad en la que reside. Es Profesor Asociado de la Fundación Centro Psicoanalítico Argentino. Colaboraciones suyas se han difundido en diversos medios electrónicos y en soporte de papel. Ha administrado varios blogs. Además de dictar numerosos cursos en instituciones, ha participado en festivales de poesía y ferias del libro. En 2001 apareció su libro Pequeña guía para sobrevivir en las ciudades; en 2014, en co-autoría con Natalia Litvinova, Cuerpos textualizados (Correspondencia 2008-2013); en 2017 el volumen de ensayos La noche sagrada (Editorial Audisea). Los poemarios que ha publicado son: El silencio continente (2008), Reversión (Antología, Tropofonia Editorial, Belo Horizonte, Brasil, 2010), Refracción (2012), Lo atenuado (2014) y Chanson Babel (Editorial Buenos Aires Poetry, 2017).

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Bitácora: “Cuaderno donde se reportan los avances y resultados de un determinado estudio o trabajo”

Tengo Sol en Piscis, ascendente en Tauro y varios planetas en Acuario. Marte y Saturno en Aries. Viví toda la vida en zona céntrica, tuve un paso por el barrio de Colegiales y ahora resido en La Boca, el borde industrial de la ciudad. Estudié dos años de música en la Escuela Juan Pedro Esnaola. Hacia 1999, en un taller de Enrique Symms, se formó la revista Vestite y Andate. Leí febrilmente a los existencialistas, sobre todo a Soren Kierkegaard y a Martin Heidegger. Me psicoanalicé durante décadas y encontré en el psicoanálisis una herramienta de conocimiento muy interesante. En un momento necesité unir tres cosas que me apasionaban: la poesía, la filosofía y el psicoanálisis. Entonces llegué a la Fundación Centro Psicoanalítico Argentino donde di cursos sobre Friedrich Hölderlin, Rainer Maria Rilke, Alejandra Pizarnik y varios más. En 2008 edité mi primer libro de poemas, El silencio continente, y lo presenté dentro del Ciclo Aera de Alejandro Drewes. Luego fui parte del primer grupo del Festival Poesía en la Escuela, organizado por Marisa Negri. El festival me permitió conocer a muchos poetas con los que siento una gran afinidad, aun transitando poéticas diferentes: Silvia Castro, María Julia Magistratti, la misma Marisa Negri, Valeria Cervero, Alejandra Correa y Leonardo Martínez, entre otros. En 2012 publiqué Refracción a través de Añosluz Editora. Luego, Añosluz junto a otras editoriales formó La Coop, un colectivo de editoras con una hermosa librería en Almagro que, en mi opinión, es un importante acontecimiento literario, porque nos hace preferir una editorial independiente antes que a un sello grande. En 2010 había viajado a Belo Horizonte, donde me publicaron una antología, y a Noruega, para trabajar en una obra que ideamos con un amigo que vive allá. En 2014, junto a la poeta Natalia Litvinova publicamos en el sello Letra Viva la correspondencia que mantuvimos entre los años 2008 y 2013. Publiqué dos libros, uno de poemas y otro de ensayos, en Audisea, una editorial formada por chicos y chicas que transitaron por mi taller y publicaron a Raúl Zurita y a José Kozer. En la actualidad el existencialismo se manifiesta como el deseo de sacar a la luz mi trabajo, no puedo especular con eso, ¿qué es el carpe diem sino vivir afrontando que el mañana es incierto, que solo existe el momento? Si afronto lo imprevisible de la vida es absurdo que en una conversación le diga a alguien “el año que viene”. Leo a Chuang Tzu y a Lao Tse, el misticismo es propio del hombre, pero como dice Heidegger: “Ya no se siente la falta de Dios como una falta”. No me interesa la ciencia, busco pensamientos más audaces y vivencias más intensas que solo el arte puede transmitir.
 

¿Y algo del orden de tu niñez, de tu familia, de tus modos de despegar...? 

No suelo hablar mucho de la infancia, no idealizo esa etapa ni creo que haya sido feliz. Era un chico atemorizado, me daban miedo cosas extrañas, por ejemplo, las palabras que no entendía. Recuerdo mi terror cuando escuché la palabra “bujía”, por dar un ejemplo. Tenía crisis de nervios ante ruidos fuertes como los truenos o los aviones o cuando veía a una persona con discapacidad. Mi madre tomaba apuntes de todo lo que leía y a mí me fascinaban esas notas, esa caligrafía, las lapiceras a pluma Parker, los cuadernos. Entonces comencé a escribir. Mi padre tenía una imprenta y tardé veinte años en entender que su oficio estaba relacionado con el mío. Cuando cumplí dieciocho me regaló Cartas a un joven poeta de Rilke. Él no había leído a Rilke; de alguna manera me estaba diciendo que el joven poeta era yo, y aún no imaginaba la importancia que tendría Rilke en mis trabajos, en mis cursos y ensayos. Tengo dos hermanos varones y una hermana que tiene mellizos. Yo soy el mayor y creo que los hermanos mayores nos reconocemos unos a otros.

 

Has estudiado periodismo con una leyenda, aquel que dirigiera la revista Cerdos y Peces. Y la revista que co-dirigiste, entre 1997 y 2000, con Fernanda Simonetti, Vestite y Andate, no se ha quedado atrás en cuanto a proponerse provocadora desde el título.

Sí, es cierto. Enrique es una leyenda y yo lo tomé como tal. Él puede desarticular cualquier discurso. Yo lo comparo con los sabios taoístas, para mí es un Chuang Tzu de bares. Enrique, hasta donde yo sé, no tiene propiedades, ni dinero ni libros ni posesiones, ni siquiera sé si tiene amigos duraderos. Un maestro debe provocar y sería un error tomarlo al pie de la letra. Yo siempre tomé sus “enseñanzas” como provocaciones. Si vos ibas a un recital él te preguntaba si te gustaba ver un tipo arriba del escenario mientras vos estabas abajo. “¿Y encima pagaste?” te preguntaba, y se reía. No hay argumento válido contra esas rupturas del discurso imperante. Así eran sus monólogos, improvisaciones fulgurantes que no podían ser repetidas ni conceptualizadas ni representadas. Una vez me acerqué a él, tenía la mirada perdida hacia el Parque Lezama. En su mente estaba escribiendo un poema y me lo recitó, como se lo podría haber recitado a cualquiera. Era algo maravilloso. Pero yo, que memorizo poemas enteros de San Juan de la Cruz, no podría repetir una sola palabra. Allí va él, escapando de la cárcel del concepto.

Vera Land, la jefa de redacción de Cerdos y Peces, también es una leyenda y, aun con todo su vuelo, fue el cable a tierra para que esa revista fuera posible. La recuerdo tan dulce como sacada, siempre estaba linda, nos enseñaba los aspectos técnicos del periodismo y sus ojos tenían un brillo que seducía y asustaba. Como las personas que descubren la verdad del mundo, están allí para darte indicios, pero a la vez te dicen “yo no te voy a mostrar nada, construí tu maldito sentido”.

Y también quiero nombrar a alguien muy diferente pero que considero un maestro: César Aira. Me bastó asistir a las cuatro charlas que dio en el Centro Cultural Rojas sobre Alejandra Pizarnik para entender cómo se podía pensar la literatura: relacionando, derivándose, desarmándola como un artefacto y atacando todos los presupuestos. Sus análisis literarios me recuerdan a Maurice Blanchot, otro de mis favoritos, pero con esa dosis de ironía tan propia de Aira, que también tiene algo de maestro oriental.

Con respecto a la Vestite y Andate, yo la veo como una experiencia artística. Cuando se unió mi amigo, el diagramador Gastón Pérsico junto a su pareja, la talentosa Cecilia Szalkowicz, el proyecto tomó una nueva forma. Cuando llegaban las notas, Gastón y Cecilia las repartían entre diversos diagramadores. El resultado era sorprendente. Entonces, el formato periodístico que le imprimía Fernanda Simonetti o el giro más literario que le hubiera dado yo, se transformaba en ese conglomerado de cosas que fue la revista. Juan Pablo Liefeld aportaba una mirada política que a la larga hubiera podido desarrollarse mucho más, Juan Manuel De Cillis acercaba su versión sobre las raves o sobre los hechos hacia donde la vida lo llevaba y Analía Romeo traía siempre notas bien hechas, que tenían un estilo propio. Hicimos doce números. Participamos en dos exposiciones en el Centro Cultural Recoleta y ganamos un premio a mejor revista alternativa en un evento. Con tensiones internas, por supuesto, pero también con la alegría de haber vivido esa época y terminar antes de la debacle económica del 2001 y de la hegemonía de la web. Recuerdo el bar El Mirador: Tom Lupo hacía el Cabaret Poético y en el sótano estaba la redacción de Cerdos y Peces. Con los chicos de “la Vestite” armábamos la grilla o la cuadrícula de cada número en las mesas de ese bar frente al Parque Lezama. Después empezaron las ferias de revistas, y en la Casa de la Poesía Evaristo Carriego conocí a Santiago Vega (ahora ya muy conocido como Washington Cucurto), a Fabián Casas, a Griselda García y a Daniel García Helder. Mucha gente circulaba por allí o por Belleza y Felicidad y el pop hotel Boquitas Pintadas.
 

Noruega. No serán muchos los poetas argentinos que hayan visitado ese país. ¿En qué obra trabajaste con el amigo tuyo que vive allá? Y, de paso: ¿qué otros países europeos conociste (en el mismo viaje o en otros)?

Solo conocí Noruega. Con mi amigo Luis Della Mea ideamos una obra que se llamó Cuerpos posibles: reunía danza, música y literatura, la armamos aquí y viajamos subsidiados por Noruega, no sé concretamente por qué entidad, pero mi amigo obtuvo varias becas allí. Yo todavía vivía en el barrio de Colegiales y teníamos largas charlas Trondheim–Colegiales. Empezamos a trabajar con las diferencias aparentes entre Argentina y Noruega. Caos y orden, por ejemplo, para luego, en los ensayos, junto a dos bailarinas de allá armar la obra y presentarla en los dos países. El primer día paseamos por la peatonal. En un momento me aparté del contingente, caminé hacia una iglesia y había un coro cantando. Sentí que el peso de los siglos caía sobre mí. De pronto entendí los milenios de la historia europea. Recuerdo a una mujer policía pintándose los labios en medio de la calle. Yo abría la ventana de mi cuarto de hotel para dejar entrar a la nieve. La inmensa catedral gótica donde había un teclado de Richard Wagner y detrás el museo de los vikingos. Es un pueblo que desconoce la ironía, les resulta natural caminar kilómetros en la nieve para llegar a sus casas. Son gente bella, si vos mirás a una chica, sonríe. En un café yo dejé mi mochila lejos y en un acto reflejo quise ir a buscarla y mi amigo me dijo: “Estás en Noruega, a nadie le importa tu mochila”. En la catedral gótica vimos un concierto de Felix Mendelssohn y yo no podía parar de llorar. A las cinco de la tarde era de noche. Nunca quise usar guantes ni gorro porque necesitaba vivir ese frío del aire cercano al mar y de la nieve cubriendo las bicicletas en la calle. La obra Cuerpos posibles unía danza, teatro, poemas y música, todo autogenerado por el grupo. Mis poemas se proyectaban en una pantalla o eran recitados por una de las chicas noruegas que desconocía el idioma y entonces en vez de decir “ventana empañada” decía “ventana empanada”. Yo tenía una silla desde donde miraba todo y hacia el final agarraba la guitarra y cantaba la canción “Heaven” de Talking Heads (“El cielo es un lugar donde nunca pasa nada”). Hicimos cinco funciones en Buenos Aires y cuatro en Trondheim. Éramos como un “Big Brother” cósmico porque convivíamos dos bailarinas y una vestuarista de Noruega, una bailarina argentina, dos músicos y un escritor (que era yo). Cuando nos despedimos, lloramos; entendí el sentido de la distancia entre dos países, pero también el dolor de esas alegrías que nos son dadas y tienen un plazo, no solo porque se terminan en el tiempo, sino porque después de cada experiencia no volvemos a ser los mismos.


 
¿Cuáles fueron las circunstancias, las condiciones que se generaron para que Natalia Litvinova y vos concibieran, desarrollaran, sostuvieran durante seis años el epistolario?

Cuando Natalia llegó a mi taller en Colegiales, era una joven bielorrusa que vivía en Vicente López, muy tímida y sensible; tenía un blog pero no había pensado en publicar. En ese taller también estaba Leli Busquet, que hoy integra Audisea Editora. El primer día, Nati llegó unos minutos antes, como era su costumbre. Le mostré un poema de Adrienne Rich, le dije que me interesaba la literatura rusa y le conté que la poesía de Ósip Mandelshtam estaba siendo revalorizada a través de Paul Celan. Le pedí que nunca se apartara del arte. Me respondió que nunca podría hacerlo. Así comenzó la comunicación, mediante correos o mensajes de texto. Durante las clases yo leía a Yves Bonnefoy y ella lloraba en silencio. No quería llamar la atención pero sus buenos modales, su extranjería y su pelo larguísimo producían el efecto contrario. Durante el 2008 surgieron muchos de los poemas que fueron a parar a su primer libro, Esteparia (hoy reeditado en varios lugares, incluso en España y en Colombia). Cuando presenté El silencio continente leyeron Natalia y Paula Gordillo. En el taller, Paula decía bromeando que eran la criollita y la princesa rusa. La comunicación a través del correo electrónico es la forma que asume hoy en día la correspondencia y eso creció durante años. En esas líneas que nos escribíamos había sueños, mucha literatura y nos contábamos cosas que tal vez nunca habíamos hablado con nadie. Yo me responsabilicé, es decir, intenté acompañarla en su crecimiento, todavía hoy cuando tiene algún problema me preocupo. Años después dimos un curso virtual y el escritor y editor Nicolás Cerruti, de Letra Viva, nos propuso que editáramos un libro juntos para una colección que dirige. Con Natalia coincidimos en que tenía que ser un libro dialogado. Esto nos llevó a compilar nuestras cartas. A nosotros nos gusta mucho el epistolario entre Rilke, Marina Tsvetáyeva y Borís Pasternak, por ejemplo. Editamos nuestras cartas para la publicación, pero eso es lo que nos escribíamos. Y la idea de un epistolario nos pareció buena. Nos seguimos escribiendo durante casi dos años más luego de la edición del libro. Después dejamos de hacerlo, seguramente se cumplió una etapa. Pero para mí la pregunta es si las cartas son parte de la obra de un escritor. Mucho de lo mejor de Franz Kafka o de Rilke está en las cartas. En una conversación coloquial uno pregunta “¿Cómo estás?” o “¿Qué andás haciendo?”. Pero una carta es un grado más alto de la comunicación, una confesión, un testimonio.
 

¿Y Reversión?... ¿Es una antología personal? ¿La edición es bilingüe?

La edición de Tropofonia tiene de un lado a la poeta brasileña Tania Alice, y revirtiendo el libro está mi antología. Es decir, la parte del libro que corresponde a Tania está en portugués y mis textos en castellano. Pero tuve la fortuna de que el poeta Leonardo de Magalhaens tradujera mis poemas al portugués, y en una lectura en el Palacio de las Artes de Belo Horizonte, Wilmar Silva los leyó conmigo y dijo que parecían escritos en ese idioma. Para la antología elegí algunos poemas de El silencio continente, con otros del libro que estaba en camino, que era Refracción, junto a algún otro poema que ha quedado allí.
 

Más o menos deduje que
Diario de abstinencia llegó a ser el título de un libro anunciado en algún sitio de la red pero que no llegó a publicarse.

No es un libro aún, quedó como un proyecto pendiente. Nació de una nota que hice para la revista. Creo que la anécdota detrás de ese proyecto, que algún día retomaré, vale la pena. Mi psiquiatra había fallecido y yo seguí tomando altas dosis de ansiolíticos. Al tiempo tuve varias crisis de asma y llegué tres veces a la guardia, casi sin respirar, arrastrado por mis padres. La tercera vez quedé internado, me suspendieron los ansiolíticos de golpe e inyectaron fuertes dosis de corticoides. Salí del hospital pesando varios kilos menos y comenzó la primavera, sufría la abstinencia de ansiolíticos junto al temor que da la imposibilidad de respirar. Mis percepciones quedaron distorsionadas y me advertía vulnerable. A la vez estaba sintiendo que vivía en lo real. Una madrugada caminé hasta una guardia psicoanalítica y la analista que me atendió me dijo: “Salga de ahí, en lo real no se puede estar, por eso Lacan habló también de lo imaginario y lo simbólico”.
 

¿Y algún apunte sobre otros libros tuyos publicados?

Pequeña guía para sobrevivir en las ciudades 
es una serie de viñetas o de postales urbanas escritas para un proyecto que luego se cayó. Cuando dejamos de hacer la revista Vestite y Andate, el diagramador Gastón Pérsico y yo tomamos ese material y le dimos forma y luego lo editamos en la imprenta de mi padre. Ese libro fue el paso intermedio entre la particular interpretación del periodismo que hacía Vestite y Andate y la poesía que uno quisiera dejar como obra.

El silencio continente: Breviario de texturas neo góticas y neo románticas trasluce mi gusto por el género gótico, pero también hay poemas que considero modernos. Mucho trabajo sobre el psicoanálisis. Una parte del libro agota el tema de la disolución. Y en el medio del libro irrumpe el poema “Variaciones sobre el olvido y el perdón”, dedicado a la poeta Silvia Camerotto. Ese poema sincroniza de manera onírica pero despojada la pérdida de un cuerpo amado con los cuerpos desaparecidos de este país. La pregunta que subyace en todo el libro es ¿dónde van los cuerpos del amor?

En Refracción intento buscar un lenguaje corporal y salir del Romanticismo. Juego con los refranes y procuro reformularlos, los invierto; la intertextualidad me hace tomar un dicho histórico o psicoanalítico, alguna cita de Freud y ponerlo a jugar en el poema. A la vez, en ese libro me sentí influenciado por la poética de Henri Meschonnic: por lo que interpreté de su idea del ritmo.

Lo atenuado reúne poemas de diferentes épocas. El título se refiere a ese momento en que uno colecta todo lo que ha sembrado en la juventud, y en esa desesperación atenuada viene el tiempo de la cosecha. En una parte del libro que se llama “Tu idioma”, busco caminos para llegar a otra persona, partiendo del presupuesto de que siempre hablamos idiomas diferentes. Yo creo que es un poemario logrado, aclarando que creo más en los caminos que en las obras.

En La noche sagrada compilo algunas de las notas y los ensayos escritos durante varios años. Tomo a Hölderlin, a Rilke, a Paul Celan y a Kafka junto a los personajes de su generación, como Sigmund Freud o Ingeborg Bachmann. Considero que son microensayos; interviene lo narrativo, la escritura fragmentaria, modos laterales de acercarse a autores tan ricos y complejos.

Chanson Babel, al revés que Refracción busca extender el campo del poema, va a las etimologías y juega a perder el hilo para después volver. El yo está puesto en cuestión todo el tiempo, es un libro que se pregunta quién habla o quién escribe pero no intenta responder esas preguntas. Incluye los estados de despersonalización y las crisis de extrañeza como temáticas, la memoria y la ceguera.


Contemos que efectuaste la co-coordinación de tres ciclos en La Casa de la Lectura.

Sí, dos en 2009 y 2010, junto a Lilián Cámera: “Los poetas y los mitos” y “Los poetas y el objeto fetiche”. Y en 2010, junto a Lilián y Leonor Silvestri, hicimos una lectura que Leonor llamó “Desmesura”. Ella tiene un pensamiento en movimiento que no deja de inquietar y yo necesito de esa inteligencia que rompe todos los moldes. En eso, no sé si a ella le gustaría, pero se parece a Enrique Symms. Toda la vida está repensada y todas las suposiciones puestas en cuestión. En esos ciclos participaron como invitados Silvia Camerotto, Alejandro Méndez, Griselda García y Miriam Bercovich. El objetivo era analizar la obra de los poetas ante diferentes temáticas, que se conversara y se debatiera. La propuesta base del ciclo no deja de ser un lugar vacante, porque a mí no me convence que un poeta saque su hojita, lea y se vaya; hay que producir reflexión, comunicación, diálogo, fricciones.
 

Caen (retornan) sobre vos un par de interrogantes, títulos a su vez de cursos que has dictado: “¿Y para qué poetas?”, “¿Qué significa escribir?”

Hay un verso de Hölderlin que dice: “¿Y para qué poetas en tiempo de indigencia? Pues ellos son como los sagrados sacerdotes del dios del vino que peregrinaban de una tierra a otra en la noche sagrada”. De este verso, perteneciente a la elegía “Pan y vino”, vienen tanto el nombre del curso como el de mi libro de ensayos: La noche sagrada. A la vez, en una célebre conferencia, Heidegger se pregunta “qué significa pensar”. Bueno, preguntarse sobre los poetas y la poesía nos permite hallar respuestas momentáneas, verdades como tiendas de campaña que luego deben hacer lugar a otra cosa. Esto debe ser una búsqueda, porque si nos transformamos en un aforismo quedamos congelados, y el pensamiento y el fluir de la escritura se cancelan. Permanezco en esta búsqueda pero solo para aumentar la dimensión de las preguntas.

 
Recuerdo dos revistas en las que colaboraste: La Maldita y Quesquesé (presentada esta última en el Ciclo de Poesía y Prosa Breve Nicolás Olivari que yo co-coordinaba con Cristian De Nápoli).

Sí, en la época de la Vestite y Andate existían muchas revistas alternativas. Con Quesquesé hicimos un intercambio de notas. Verónica Pérez Arango, que integraba la Quesquesé, organiza ciclos de lectura y publica sus textos, la veo activa. En cambio, no sé casi nada de los chicos que integraban La Maldita. Con Cristian De Nápoli compartimos hotel y lecturas en un breve viaje a Belo Horizonte organizado por Wilmar Silva y Tropofonia Editorial. La época de las revistas ha dejado su marca. De todas formas, y pese al humor corrosivo de Vestite y Andate, yo ya estaba leyendo a Hölderlin y a Rilke, me sentía mucho más cerca de los poetas malditos, existencialistas o videntes que de la poesía que circulaba en los años noventa a través del objetivismo y sus derivados.
 

Natalia y vos, conjuntamente, han dictado cursos.

Sí, aún lo hacemos, tenemos un taller presencial en mi casa y realizamos clínica de obra en formato virtual. Después de algunos años sin trabajar en la Fundación Centro Psicoanalítico Argentino, preparé junto a Natalia un curso sobre Paul Celan y la poesía rusa. Quería hablar del acmeísmo, en mi opinión uno de los movimientos poéticos más importantes que haya surgido. Fijate que aquí, cuando se piensa en “depurar” los “excesos” retóricos o sentimentales se apela al objetivismo. Hasta en eso somos norteamericanistas. Pero si lees los manifiestos de Mandelshtam, la apuesta es volver a la sencillez y a lo clásico, a la precisión de la palabra. Junto a Natalia cotejamos versiones de poemas, advertimos que al poema “El siglo” de Mandelshtam le faltan algunos versos en casi todas las traducciones. Analicé cómo tradujo Paul Celan a Mandelshtam y a Serguéi Esenin al alemán. De mi taller han salido muchos libros y con Natalia hemos trabajado en otros tantos, con prólogo incluido. Trabajamos también con gente de España y por segundo año consecutivo somos parte del jurado en el concurso La Isla de Aklan, del que nuestra clínica de obra es uno de los auspiciantes.


Es al músico aficionado que tengo entendido que sos a quien le pregunto: ¿por qué tipo de música tenés mayor afición? ¿Por qué compositores e intérpretes? ¿Has hecho música en espacios públicos?

Me gusta el dream pop y el dream folk, por dar un ejemplo; como verás, está la palabra dream por delante. Las canciones tristes y sutiles me animan a escribir, trasmiten una emoción casi sinestésica, que uno a veces puede decodificar y pasar a palabras. Me gustan Neil Young y Cocteau Twins y los buenos songwriters. En las variantes del folk hay muchos, desde Damien Rice hasta Marissa Nadler. Una vez Cristina Piña me dijo que creía que la antorcha de los poetas malditos estaba pasando al rock, y algo de eso hay. Syd Barrett fue mi primera conexión con los poetas malditos.

Y sí, he tocado en espacios públicos, tengo bandas desde la adolescencia e interpretar un solo de guitarra es una actividad que me relaja más que el yoga. La vida del músico es diferente a la del escritor. Los escenarios te llenan de adrenalina. La escritura requiere soledad; aun así la inspiración te puede sorprender en cualquier lado; he escrito en salas de espera de hospital, por ejemplo.

Rilke decía que si Georg Trakl hubiera pintado no se hubiera suicidado. El poeta al utilizar el lenguaje, al expandir los límites del mundo, corre otros riesgos. Creo que cada artista tiene más de una disciplina que lo acompaña. Para Pizarnik o Miguel Ángel Bustos fue la pintura. Para Mandelshtam o Paul Verlaine es la música.


Tu La noche sagrada (título también de una novela del destacado marroquí Tahar Ben Jelloun) fue publicitada editorialmente como “una reunión cumbre” (Edmond Jabés, Marina Tsvetáyeva, Ósip Mandelshtam, entre otros). ¿Qué otras reuniones cumbres nos propondrías?...

“Reunión cumbre” es el título del prólogo del libro, hecho por María Malusardi, una gran amiga. Me interesa mucho el encuentro entre los poetas Miguel Ángel Bustos y Jacobo Fijman en el Hospital Borda. El encuentro entre Pizarnik y Bustos. Entre Pizarnik y Susana Thénon. Entre Freud e Hilda Doolittle. Alguna reunión en la casa de Oliverio Girondo donde estuvieran Olga Orozco, Pizarnik, Juan-Jacobo Bajarlía, Edgar Bayley y Norah Lange. Una reunión de redacción de los integrantes de la revista Poesía Buenos Aires. Uno tiende a idealizar esos encuentros, creo que entre Proust y James Joyce no hubo más que un “hola”. Para ser sincero, se trata casi de una cuestión de religiosidad. Me gustaría decir: “En este lugar se encontraron Bustos y Fijman” y armar un altar allí. Me fascinan los mitos urbanos, las pintadas de los compañeros de algún pibe que mató la policía o los retablos que la gente levanta en homenaje a personas fallecidas. Que conviertan en una santa a una chica de las bailantas. Son pequeños restos de religiosidad ardiendo como fuegos, alumbran y dan calor a esta noche en la que estamos.
 

Acabo de releer, Javier, del Nº 8 de Vestite y Andate, un interesante artículo tuyo sobre Sylvia Plath: “Vestida para la ceremonia”. Ya a más de tres lustros de aquello, ¿qué tanto ha seguido atrayéndote su vida y su escritura?

Me sigue atrayendo esa estructura de tragedia griega que tiene su vida: de la estudiante brillante al electroshock, de la tapa de Madeimoselle a meter la cabeza adentro del horno. Y en medio de todo esto, como Casandra, esa videncia que es la poesía. Estaba casada con otro genio, Ted Hughes, pero en el momento de la separación ella parece decir “yo voy a ser más grande que vos, yo voy a ser un mito”. Quizás sean la pareja perfecta. Desataron fuerzas tan inmensas que los sobrepasaron y les iban a costar la vida. Jugaban a la güija, leían La diosa blanca de Robert Graves, sabían de astrología. ¿Cómo no amar a Sylvia Plath o a Anne Sexton? Redacté esa nota en sintonía con algunas circunstancias que describo en Diario de abstinencia. Y cuando escribí sobre Anne Sexton también utilicé material autobiográfico. ¿Será el confesionalismo? Creo que los chicos que hoy se deslumbran con Sharon Olds tendrían que releer todo lo que escribieron Sylvia Plath, Anne Sexton y Adrienne Rich.


¿Qué destreza, te parece, es necesaria para deslindar el
esto y el eso cuando es aquello lo que deseamos?

Entender que el deseo existe a condición de no ser satisfecho. Como la escritura, es un juego de tensiones y distensiones que nos agota y silencia pero siempre puede resurgir. No dejar de buscar aquello, aun sabiendo que habrá desvíos y es probable que nos extraviemos en el camino. Pero en esos desvíos acecha la vida. En palabras de Samuel Beckett: “Fracasá más, fracasá mejor”.


¿Zumbido, gorjeo, maullido, gorgorito o aullido?

Aullido, aún antes de leer a Allen Ginsberg. Ladridos a la luna, la película The Wall, el libro El grito primal de Arthur Janov o una suelta de lobos hacia las cúspides gélidas de las tierras sin perdón. Es la furia pero también el andar enfermo de algún animal. El brujo Don Juan le dice a Carlos Castaneda que la muerte nunca se detiene. Como escribió Jorge Leonidas Escudero: “Es un perro en la noche, desde lejos, / que me dice / lo que no acaba nunca de ladrar”.
 

De los siguientes satélites, ¿cuáles orbitan más cerca de tu planeta?: Roberto Juarroz: “La poesía es la sinceridad con que habla en nosotros lo que no conocemos. Única vía veraz de aquello que cimenta nuestra ignorancia”; René Char: “El poeta no tiene sino satisfacciones adoptivas”; Eleonora D’Alvia y Juan Eugenio Rodríguez: “La poesía sería el lugar reservado a lo imposible. La poesía es un decir de lo imposible de ser dicho. El poeta mediante su acto da cuenta de que fue causado. Se vale de su falta”; o H. Bloom: “La poesía es la angustia de la influencia, el malentendido, la perversidad disciplinada. La poesía es incomprensión, tergiversación, desacuerdo. Es el romance familiar. Es el encantamiento del incesto, disciplinado por la resistencia a ese encantamiento”.

Creo que esos cuatro satélites merodean de alguna forma mi planeta, pero esta noche estos dos cometas se acercan y fulguran: “La poesía es no tener algo que decir y decirlo; nada poseemos” de John Cage, y “El poeta es un dios, o el joven poeta es un dios. El poeta viejo es un vagabundo” de Wallace Stevens.




**

Javier Galarza selecciona poemas de su autoría para acompañar esta entrevista:

 
Fragmentos de un poema imposible


Para Alberto Galarza, en memoria

 
los ojos encendidos de una orfandad que hoy es la mía

padre estás volviendo a casa
padre estoy volviendo

padre qué nos has traído

de niño me asustaba pensarte solo y perdido
hoy que yo estoy
solo y perdido

quién soy padre rilkean heart san francisco
asís mismo tu hijo de corazón salvaje

debo nombrarte para aprender a perderte
debo nombrarte para aprender a ganarte

sigo buscando mis límites
qué nos cansamos de no decirnos
qué nos cansamos de no hablar

carga en tus brazos al niño que fui
yo sostengo ese cuerpo cansado

desde el hombre que hoy no está
cargo en mis brazos al niño que fuiste

en quién hablo cuando callas
padre color de ojos indescifrable
 

(de El silencio continente)
 


*


arder (II)
 

ardo
padre no ves
que ardo?
ves—
la ves a ella
no la ves
estoy
prendido fuego
encendido
recaliente
como si dijera
como si
intentara como
si pudiera
preguntar/le:
cómo tocarte
con manos
de este mundo
 


* Freud analiza un sueño donde un hombre, velando el cadáver de su hijo, sueña que el cuerpo se incendia con las velas y el chico se le presenta preguntándole: ¿padre, no ves que ardo?

 
(de Refracción)


 
*


leyenda li po

 
intenta asir el reflejo
de la luna en el agua:
morirá ahogado.
cosas que ocurren
cuando no hay lugar
para la metáfora.
(por qué Eco favorece
al enamorado de sí mismo?)
 

*Leyendas diferentes de dos muertes: las del poeta li po y la de narciso

 
(de Refracción)


 
*


La hendidura

 
Algo en la alternancia
entre los colores de la tinta
y la hendidura certera
de la pluma sobre el papel,
lo blanco. Sea la pluma,
el canto o la voz, como el eco
que vuelve con el viento,
y sea esta luz también
que alumbra las aperturas
del mundo, aún en la noche,
el estilo o estilete que rasga
el blanco de la hoja.

 
(de Lo atenuado)


 
*

 
Destiempos

 
Llego pronto a tu antes,
palpo los nunca de tu respiración agitada.
Cuando callás, algo silencia más allá de vos,
y cuando cerramos los ojos,
todo duerme en algún lugar.
Esto está hecho de gestos desesperados,
de destiempos, no tiene sujeción:
donde vos calculás, yo me deshago,
donde vos te mostrás, yo me desarmo.
Sos la regla que confirma la excepción,
lo espectral. Vivo en un no instante,
entre el ya no de tu partida y el aún no
de quien serás.


(de Lo atenuado)


 
*


Silesius
 

No indagues la naturaleza del vínculo
que como la rosa de Silesius
florece sin porqué,
una pregunta puede permanecer abierta
para evitar la clausura del sentido,
el misterio entonces
aguarda en los signos,
está en ‘lo abierto’,
en el campo de ‘la percepción pura’
(8ª Elegía de Rilke),
‘florece porque florece’,
toca la penumbra del Medioevo
y las visiones de las místicas.
El sentido: eso ‘tapona’, dijo Lacan
pero quien pierde su verdad
aún conserva la chance de hallar algo.
El perfume se creó para tapar
el olor de los cadáveres,
la palabra ‘humo’ está contenida
en su etimología (del latín per, ‘por’
y ‘fumare’, ‘a través del humo’),
lo cinerario es la base de lo que huele bien.
Escribe Silesius que la rosa
no es consciente de su belleza
ni se pregunta si alguien la mira.
Y todo un caudal de mundo
se despliega allí
sin explicaciones.
 

(de Chanson Babel)

 
Entrevista realizada a través del correo electrónico: en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Javier Galarza y Rolando Revagliatti, junio 2017.
www.revagliatti.com
 
 
 

María Auxiliadora Álvarez:
“Con Piedra en :U: he querido representar el riesgo
de la inmanente inutilidad del lenguaje”

Martina Zuccaro


Dialogamos con María Auxiliadora Álvarez (Caracas, 1956), una de la voces más destacadas de la poesía hispanoamericana actual, a propósito de su libro Piedra en :U: (Candaya, 2016). Álvarez nos habla de su concepción del mundo, del lenguaje, de éxodos y exilios, del silencio como universo poético, además de Borges, Sor Juana Inés de la Cruz, Lacan y Foucault. La autora venezolana reside desde hace veinte años en Estados Unidos, es profesora en la Miami University (Oxford, Ohio) y ha escrito obras como: Cuerpo (1985), Ca(z)a (1990), Pompeya (2003) y Las regiones del frío (2007). Once de sus principales poemarios están reunidos en la antología Las nadas y las noches (2009).

 

No. 103 / Octubre 2017



Entrevista


Alberto Blanco:
Sismo, poetas y budismo
 


Ricardo Migueles


 
¿Cómo contribuye la poesía y la figura del poeta en una situación de shock como la que prevalece en México luego del sismo del 19 de septiembre 2017?

¿Cómo contribuyó la poesía y la figura del poeta en un momento tan convulso como el de la Revolución Mexicana? En otras palabras: ¿quién es el gran poeta de la Revolución? ¿Y el gran poema? En cierto sentido, podemos decir que no lo hay; o que había que esperar a Pellicer; o que la poesía, como siempre, se movía en otro sentido, en otro tiempo y con otras reglas. El gran poeta de tiempos de la Revolución es, creo yo, López Velarde. Y su poesía es de un tono íntimo que muy poco o nada tiene que ver directa y explícitamente con los sangrientos hechos de la Revolución, a pesar de haber estado tan cerca de Madero. Como bien dice Guillermo Sheridan: “la suya era otra forma de ser revolucionario.” Cosa muy distinta es la novela, la narrativa en general, y los demás géneros literarios. Pero la poesía es otra cosa. Radicalmente. Como lo he dicho en repetidas ocasiones, para mí la poesía es la otra forma de usar el lenguaje.

Ofrezco el ejemplo de lo que pasó en tiempos de la Revolución Mexicana, porque me parece que otro tanto se podría decir de este momento. Nos han tocado, como a todos los hombres (como le gustaba decir a Borges) “malos tiempos en que vivir”. O "malos tiempos para la lírica" como decía por su parte Bertolt Brecht. Sin embargo, siempre se puede decir lo contrario: nos tocaron buenos tiempos, tanto para vivir como para la lírica… porque si se trata de utilizar adjetivos, se puede pensar y decir y escribir lo que queramos. La vida tiene el sentido que nosotros queramos darle.

¿Cómo contribuye la poesía y la figura del poeta luego del sismo del diecinueve de septiembre de 2017? Ciertamente no con quejas. A menos que aceptemos la propuesta de Rimbaud: "si me quejo, es solo otro modo de cantar". Y si André Bretón afirmó que la literatura es uno de los caminos más tristes para llegar a cualquier lugar, yo, por mi parte, digo: la poesía es el camino más corto para llegar hasta aquí. Éste es nuestro único refugio: saber que no hay refugio. Nuestro mejor consuelo es estar absolutamente reconciliados con el hecho de saber que no hay consuelo. Porque el poeta no es alguien necesitado de consuelo, todo lo contrario; como lo aseguró Lautréamont: "un poeta es el que consuela a la humanidad". Y si un sismo nos hace sentir hasta la masmédula que nada es permanente, hagamos entonces de esta impermanencia nuestro tesoro.

En un programa de televisión grabado en 1982 conversas con William Merwin y con Octavio Paz quien señala la falacia moderna de creer que el progreso consiste en dominar a la naturaleza; ¿crees que el poeta trata, en cierta medida, de hacer lo mismo?

Vivimos en un hermoso planeta que es redondo, que tiene límites, y que –lo sabemos muy bien– no puede soportar una carga infinita de explotación. Pero nosotros, los seres humanos, el animal más peligroso de todos los que pululan en la Tierra, fingimos no saber nada al respecto. Esta inaceptable ignorancia parece dejarnos la conciencia más o menos tranquila y las manos libres para continuar con nuestra incesante labor de depredación, convencidos de que somos los amos y señores de la creación.

Los resultados de esta infame manera de ver y hacer las cosas están a la vista: miles y miles de especies animales y vegetales extintas o en peligro de extinción; una sobrepoblación humana que amenaza no solo a otras especies sino que se amenaza a sí misma con desaparecer por las hambrunas, guerras nucleares, falta de espacio habitable y de suelo para cultivar, de aire respirable y de agua potable; cambios drásticos de clima provocados por la superproducción industrial; ciudades contaminadas más allá de cualquier norma o proporción; bosques arrasados; mares y ríos rebosantes de basura; tierras, materiales y culturas agotados.

¿Quién, que tenga los ojos abiertos, puede darse el lujo a estas alturas de cruzarse de brazos frente a estos complejos problemas; frente a la degradación de las innumerables formas de vida que todavía distinguen con su insustituible presencia a nuestro planeta? ¿Quién, que piense por un solo instante en el futuro que les espera a nuestros hijos, a todos los seres humanos y a la asombrosa variedad de seres vivos que comparten con nosotros esta gigantesca nave llamada La Tierra, puede sentirse ajeno a estos terribles problemas? No, desde luego, los artistas. Ciertamente no los poetas. Como dice W. S. Merwin en la última estrofa de su poema "Una historia":

pero todo lo que salió del bosque
formaba parte de la historia
todo lo que murió en el camino
o tuvo un nombre pero resultaba
ya irreconocible incluso
lo que se desvaneció de la historia
finalmente día tras día
se estaba convirtiendo en la historia
de tal forma que cuando ya no haya
historia ésa será nuestra
historia y cuando ya no haya
bosque ése será nuestro bosque


En relación con la práctica budista de renuncia a los placeres sensuales, de los que la poesía y el arte son parte y son, también, una forma de intoxicación; ¿tu conocimiento en religiones orientales, en especial el budismo, te ha hecho cuestionar el valor de la labor poética?

Poetry makes nothing happen, decía W. H. Auden. Esta frase enigmática más que significar: "la poesía no hace pasar nada", significa: "la poesía hace que la nada suceda". Y esta nada es muy importante. Por eso, cuando en cierta ocasión, alguien le preguntó a Kodo Sawaki Roshi, maestro de zen: "¿qué caso tiene la meditación?" él tranquilamente contestó: "ninguno, la meditación es absolutamente inútil; solo que si no pones en práctica esto que es tan inútil, entonces tu vida sí que será absolutamente inútil."

Esta inutilidad de la poesía (y, en última instancia, lo mismo se podría decir también del arte en general, de la meditación, el juego, el erotismo y tantas otras actividades humanas gratuitas), esta capacidad que la poesía tiene para hacer que nada suceda, para que la nada suceda, y para que nunca se nos olvide que esa nada es muy importante, para recordarnos la nada que esencialmente somos, es una de las dimensiones más profundas, auténticas y entrañables de la poesía.

En el mismo programa de TV aludes al afán de la sociedad por la diversión (entretenimiento) hace treinta y seis años, fenómeno que a todas luces ha crecido exponencialmente. ¿Te parece que las actuales formas de comunicación producidas por internet, los smart-phones y los estilos de vida promovidos por el main stream fomentan o socavan el desarrollo y la apreciación de la poesía?

Las nuevas formas de comunicación agobian hoy en día a millones y millones de personas en todo el mundo. Esto es, en buena medida, lo que hace casi cuarenta años se entendía por el mundo 'postmoderno’, o ‘la condición posmoderna’. Y ser postmoderno implica (o acaso implicaba), entre otras cosas, rechazar el centro. Implicaba también rechazar "las grandes narrativas". Y queda claro que rechazar el centro y las grandes narrativas implica, por necesidad, aceptar y reconocer los márgenes.

La poesía sigue siendo un arte al margen del mercado, al margen de la industria del entretenimiento, al margen de la fama y del reconocimiento popular (salvo en contadísimas excepciones), que, aún después de las vanguardias y las transvanguardias, no renuncia a su capacidad revulsiva. Sea mediante el recurso del humor, la agresividad, la sorpresa o la belleza, la poesía sigue siendo subversiva. Se quiera o no, la poesía sigue siendo la otra forma de usar el lenguaje.

Todos los artistas contemporáneos que no se han entregado de lleno y alegremente al cinismo del consumo y a la noción de que las artes forman parte de "la industria del entretenimiento" cargan la misma cruz: la autocomplacencia, el éxito mediático y de mercado, no logran satisfacer un anhelo de realización. ¿De qué realización estoy hablando aquí? De aquella que tradicionalmente se entiende como ser dignos del llamado a realizar una obra determinada con arte y a cumplir con la inmensa responsabilidad de un don que nos ha sido concedido.

 
 
 

No. 97 / Abril 2017




Irma Pineda:
“Me gusta pensar en zapoteco



Luisa Manero Serna


 

¿Cómo fue tu primer acercamiento a la poesía? ¿Cómo comenzaste a escribir?

Fue desde que era muy pequeña… Mi mamá dice que inventaba poemas antes de saber cómo leer y escribir. Me acostaba, veía al cielo y le componía cosas a las estrellas, a la luna… Tuve la fortuna de que mi padre y mi madre fueran profesores. Eso hizo que hubiera algunos libros en casa, particularmente libros de poesía, que a mi papá le gustaba. Él leía para mí poemas, sobre todo los españoles, la generación del 27: Federico García Lorca, Miguel Hernández, Alberti… y eso me gustaba mucho. Y pues me enamoré del ritmo, de la musicalidad… de la poesía. El asunto es que cuando yo iba a cumplir cuatro años, a mi papá, que era un dirigente campesino en el pueblo Juchitán, lo secuestran, lo desaparecen elementos del ejército mexicano, con muchos testigos. Vieron cómo los soldados se lo llevaron. Eso para mí fue un capítulo muy triste. Creo que por tratar de encontrar la voz de mi padre ausente me refugié más en la poesía, porque era el vínculo con él. A partir de ahí seguí leyendo poesía, pero comencé a escribir. Era la manera de expresar mis emociones, lo que yo sentía sobre lo que estaba pasando en ese momento. Creo que ese fue el detonante para que yo empezara a escribir. Eso lo hice durante mucho tiempo, hasta la adolescencia: me tocó salir de Juchitán para irme a estudiar y me fui a Toluca. Ahí viene otro golpe fuerte para mí, porque llegué a una ciudad en la que había muchísimo frío, bien distinto de Juchitán donde hace tanto calor; también gente desconocida, gente que sólo habla español, cuando yo ya estaba acostumbrada a que mi mundo era el zapoteco. En Juchitán la gente se comunicaba todo el tiempo en zapoteco; en mi barrio, particularmente (es un barrio del sur de Juchitán donde está más fuerte el idioma, y con muchas tradiciones comunitarias). Entonces dejar de oír mi idioma, estar con gente extraña, con gente que era como su clima, un poco fría… eso me hizo sentir la necesidad de escribir. Como no hablaba yo con mucha gente, tenía esa necesidad de expresar lo que sentía. Así fui trabajando la poesía lírica. Para sacar esas cosas que a veces no podía sacar de otra forma. Sobre todo la nostalgia… Mis primeros poemas tienen mucho que ver con eso: con la nostalgia, con el dolor. Ahora toco otros temas, pero así comencé.

En distintas semblanzas y reseñas de tu obra, la caracterizan como de compromiso social, de afirmación de la identidad zapoteca y de vinculación con la tierra. ¿Estás de acuerdo con estas descripciones? ¿Tú cómo la caracterizarías?

(Risas) Yo creo que sí, porque después de sacar mi dolor, mi tristeza por los episodios que te comentaba, entendí que la poesía, o la literatura en general, para nosotros en las comunidades indígenas puede ser un medio por el cual comuniquemos muchas cosas que están pasando en ellas, y que a veces no se hablan de manera habitual. Un tema, o alguno de los temas, que he estado trabajando, y que está en textos que ya se publicaron, es el de la migración, que tiene que ver con condiciones socioeconómicas en nuestras comunidades. Pero no quería hablar de la migración como asunto estadístico, más bien desde la parte emocional. Qué pasa con la gente que se va, pero también qué pasa con la gente que se queda: con la esperanza, con el dolor, con la incertidumbre… Estuve platicando con mucha gente, y esto dio lugar a uno de mis libros, que se llama La nostalgia no se marcha como el agua de los ríos. Luego, cuando vino la guerra con el narcotráfico, empecé a ver notas en los periódicos sobre el despliegue de las fuerzas armadas en comunidades indígenas, buscando sembradíos, y me di cuenta de que ejercían mucha violencia, particularmente hacia las mujeres. De repente yo veía notas de ancianas siendo violadas por los soldados, niñas de once o doce años dando a luz porque habían sido violadas por ellos… Yo pensaba que eso tenía que abordarlo de alguna manera, porque se vinculaba a la historia de la desaparición de mi padre por soldados. También, en los noventas tuve la oportunidad de estar en Chiapas y ver qué ocurría con la entrada de las fuerzas armadas a las comunidades. Todo eso fue dando lugar a otro libro, La flor que se llevó, donde quería hablar de esta violencia. En otros dos libros, En el vientre de la noche y De la casa del ombligo a las nueve cuartas, trato de abordar cuestiones de mi comunidad, todo en torno al ciclo vital: el nacimiento, la vida cotidiana, el campo, el amor y el desamor, y finalmente la muerte. Esos dos libros tratan de tocar cosas que sí tienen que ver con mi tierra, con muchas tradiciones de hermandad entre la gente de la comunidad. Así que creo que sí cabe esa descripción. Sí busco hacer una afirmación de la identidad a través de la poesía.

¿Qué emoción predomina cuando escribes hoy en día?

Justo este año decidí hacer un quiebre de estas historias de dolor, de violencia, de nostalgia, que es lo que había estado trabajando. Este año acabo de entregar al editor un libro (espero que salga este año) que es de poesía erótica. No quiero quedarme con la imagen de ser una poeta que sólo escribe sobre la comunidad. Quiero tocar otros aspectos que antes mi poesía no había tocado: el amor, el erotismo… Quería tener un cambio este año. Estoy actualmente trabajando en eso. El libro se llamará Rojo deseo. Esperemos que este año vea la luz.

¿Consideras que tu escritura tiene influencia de la tradición poética oral zapoteca? En caso de ser así, ¿de qué forma, o qué elementos de ella han influido?

Mucho, sobre todo en mis primeros libros. En ellos trato de recuperar esas historias que me contaban mis abuelos y mis abuelas. Desde los cuentos del conejo y el coyote hasta lo relacionado con la forma de asumir la muerte, los rituales en torno al nacimiento y la gestación de un nuevo ser zapoteca. Sí tiene que ver con lo que fui aprendiendo de mis tías, de la convivencia cotidiana con la gente de la comunidad. Lo que me contaban y lo que yo fui recogiendo. También incluso en la forma. En la ritualidad zapoteca hay un discurso que tiene un ritmo, y lo he tratado de recuperar en algunos poemas: lo reiterativo, como si fuera un rezo o canto ritual. Así que, definitivamente, mi poesía tiene mucha influencia de la tradición oral, de la vida cotidiana de la comunidad, de las formas de la literatura zapoteca. Pero también hago guiños a otros autores de la literatura “universal”. Autores que me gustan o que tienen alguna frase que recuerdo siempre. De repente en mi trabajo aparecen guiños a Pessoa, que me gusta mucho, a Octavio Paz, Neruda, Sabines (por hablar de los más comunes). De mujeres, me gusta más el trabajo de Alfonsina Storni, de Juana de Ibarbourou, de Julia de Burgos. Voy leyendo textos que me llaman la atención y de repente aparecen esos guiños en mi trabajo.

El proceso de escritura de cada autor es distinto; algunos tienen objetivos en mente mientras escriben; otros realizan planeaciones y borradores; otros tantos escriben de manera muy intuitiva. ¿Cómo describirías tu forma de escribir?

Tengo dos procesos, dos formas de trabajar. Una es a partir de lo que me llega directo a las emociones o al corazón. Eso puede ocurrir cuando voy caminando en la calle o estoy en el mercado hablando con la gente; o cuando voy en un autobús y miro algo que me emociona. De repente me llegan ideas y las anoto. Si no traigo papel y lápiz, aunque sea en las notas del celular (risas): algo que se me ocurra en ese momento. Después me siento con esta idea y le voy dando forma a un poema. Esa es una manera: más emotiva, más sensorial. Hay otra que es un trabajo más intelectualizado: pensar en un proyecto o un tema que quiero trabajar, y ya con una idea de cómo lo quiero abordar, me voy a la computadora y empiezo a escribir sobre eso. Tal vez no salga el poema en ese momento, pero yo me obligo a escribir. Pienso que debo escribir un poema cierto día, y así lo voy trabajando. Entonces están estos dos: el poema que surge de manera espontánea, digamos, y la otra forma más pensada, a partir de un proyecto determinado que quiero trabajar en el año.

Tus poemarios son escritos en zapoteco y español. ¿Cómo es el proceso de traducción de tus obras? ¿Llegas a considerar el español al momento de escribir o de imaginar algunos de tus poemas?

Generalmente me gusta más crear desde el zapoteco. Siempre digo que el zapoteco es muy metafórico y que es bien fácil crear poemas. Me gusta mucho pensar en zapoteco, y es bien fácil para mí luego hacer la traducción o crear un poema. Todo el tiempo hay metáfora. En español decimos “me gusta”, pero en zapoteco para decir “me gusta” decimos “entró/entra a mis vísceras/corazón”, entonces decimos “fulanito entró en mi corazón” en vez de “fulanito me gusta”. Eso ya es una imagen. Al pensar en zapoteco, al hablar en zapoteco, hay ya una imagen. Entonces, primero escribo en zapoteco, después hago la traducción al español, y a veces en esa revisión el español me da una idea para arreglar la versión en zapoteco y me regreso. Sí, sí me regreso. Ya que están las dos versiones, voy poniéndolas en espejo para ir arreglando las dos versiones, para que quede comprensible para la gente que habla en zapoteco y que me va a escuchar o leer en ese idioma, pero que también sea comprensible para la gente que sólo me puede leer en español. Al final son poemas paralelos. Siempre le digo a mis compañeros que a nosotros, como escritores bilingües, nos toca parir gemelos. Y a veces son gemelos bien cabezones (risa). Es un proceso doble: un doble esfuerzo, doble trabajo, pero al final es muy satisfactorio. El ejercicio de pensar al mismo tiempo en dos idiomas me gusta. Puedo mirar las cosas desde una lengua que describe un mundo, y otra que describe otro mundo bien diferente. Tratar de empatarlos en la poesía es complicado, pero también es un reto. Y me gusta.

Tus libros han sido editados por la SEP, Pluralia, Eliac, CDI… estas editoriales e instituciones tienen presencia en todo el país, y tu obra es leída en México y en otros países. ¿En Juchitán también es difundida y leída tu poesía?

Sí, la verdad es que sí. Yo soy muy afortunada porque no entro en ese dicho que dice que nadie es profeta en su tierra. No, aquí me quieren mucho. Todo el tiempo estoy yendo a las escuelas, me invitan los profesores a hacer visitas y pláticas con sus alumnos y a leerles poesía. Desde preescolar hasta universidades, tecnológicos, todo lo que hay por acá. Los alumnos, los estudiantes, aunque sean muy pequeños, siempre me están escuchando, me están leyendo… Los jóvenes tienen oportunidad de conocer mi trabajo porque los maestros lo involucran en sus clases, lo trabajan cuando ven literatura. Porque además mis poemas han aparecido en libros de texto de la SEP de diferentes grados. Este ciclo, por ejemplo, está en el libro de lecturas de sexto año. Hace dos siglos estuvo en el de tercero… Entonces en la escuela sí conocen mi trabajo. Por otro lado, tenemos una ventaja con las radios comunitarias. Estas radios bajan mis poemas en audio del Internet y los transmiten de manera bilingüe. Es muy lindo, porque la gente todo el tiempo me está leyendo, los jóvenes, pero también los adultos o mayores que no saben leer, pues me escuchan a través de la radio. Es bonito. Hace poco me encontré a un señor (ya muy grande, fue amigo de mi papá) y me dice: el otro día te escuché en la radio, y fui corriendo a la radio porque quería saludarte, pero cuando llegué me dijeron que no estabas tú, que era un disco (risas). Me dio mucha ternura eso… Pero eso me enseña que la gente sí me escucha. O en el mercado: a veces me encuentro a las señoras, y me dicen: “ah, me gustó ese poema tuyo donde hablas de cómo tenemos hijos. Me gustó eso que dijiste de cómo enterramos a nuestros muertos.” La gente grande, obviamente, se identifica más con las cosas que escribo sobre la tierra, la comunidad, las tradiciones; y los jóvenes buscan cosas más amorosas. Al final, eso me permite estar vigente con la gente en mi comunidad. Ahora hay chicos grafiteros y muralistas que están haciendo un movimiento artístico gráfico en Juchitán, y resulta que me ponen en sus murales, ponen mi cara o ponen mis poemas… Y pues sí, la gente sí conoce mi trabajo. Me han leído o escuchado, pero sí lo conocen. Yo vivo en Juchitán la mayor parte del tiempo. Es lindo caminar y ver que la gente hable de eso.

Hace poco fue la presentación de Meridiano 105°: Antología de poetas mujeres en lenguas indígenas, en la que tú has participado. ¿Nos podrías compartir algo acerca de cómo fue y ha sido tu experiencia en este proyecto, tanto en su desarrollo, como al momento de traducir y ser traducida?

Uy, sí, eso fue bien rico. Es un proyecto que arrancó en el 2004, cuando conseguimos una residencia artística en el Banff Centre of the Arts, en Canadá. Yo, junto con otras dos profesoras de la UNAM. A través de ellas se pudo abrir el espacio en la universidad. La propuesta era trabajar la poesía de varias mujeres que escriben en distintos idiomas o son de distintos orígenes. Se nos juntó a varias escritoras de diferentes lenguas de México, como maya, zoque, tzotzil, zapoteco… En náhuatl se buscó, pero no encontramos mujeres escribiendo en la lengua. Solamente conozco a una compañera, pero por una enfermedad ha perdido la vista, ya no produce tanto y es difícil localizarla. Por eso no incluimos el idioma. Pero se hizo una convocatoria abierta y varias mandamos trabajo. Luego nos fueron reenviando todos los poemas que se fueron encontrando, y de ahí cada poeta seleccionó uno o dos que quisiera traducir a su lengua. Así se fueron haciendo las múltiples traducciones. Al final integraron un corpus bastante interesante y gracias al apoyo técnico de la Facultad de Filosofía de la UNAM, se pudo abrir la página. Estas múltiples traducciones tienen el objetivo de que la gente conozca poemas de diferentes autoras y diferentes lenguas con temáticas muy variadas.

 

¿De tus escritos anteriores hay algo que prefieras o algo que ya no te guste?

Sí, yo creo que sí (risa). Mi primer libro publicado, En el vientre de la noche, a diez u once años de distancia lo miro, y hay varios poemas que no me gustan. Pienso “cómo publiqué eso” (risa). Pero bueno… pues ya salió. De los que me gustan más, el libro que habla sobre la migración, La nostalgia no se va como el agua de los ríos, es uno que me gusta mucho. Los poemas fueron muy sentidos, sí reflejaban lo que la gente me contó (gente que vivió el proceso de migración). Yo les decía que con los poemas quería darle voz a sus emociones, y creo que sí se logró. Me gusta cómo quedó. Está La flor que se llevó, que es un libro también muy querido; ha tenido muy buena recepción, ha gustado mucho y me ha abierto muchas puertas. A partir de La flor que se llevó a la gente le ha interesado más mi trabajo, me han invitado a diferentes cosas… Le tengo mucho agradecimiento, pero al mismo tiempo es un libro que sufrí mucho para escribir. Cada mañana me levantaba a las cuatro, porque era la época, además, en que tenía a mi hijo pequeño… Me paraba a las cuatro para escribir de cuatro a siete, antes de que él se despertara, y entre pensar el tema de la maternidad, y pararme a las cuatro de la mañana, y a esa hora estar pensando en el dolor y en la violencia que ejercen los soldados, las mujeres violadas… Híjole, yo lloraba, cada madrugada yo lloraba… Y a las siete se despertaba mi hijo y yo tenía que limpiarme la cara y prepararme para darle de desayunar, llevarlo a la escuela… Entonces, por un buen tiempo, casi un año, ese fue mi ritual, y me dolía mucho. Dejaba a mi hijo a la escuela y regresaba a echarme un trago, porque (risa) tenía que hacer algo. Fue un libro muy doloroso para mí, porque me recordaba toda la historia de mi papá, de la lucha en Juchitán que se dio a principios de los ochentas… Muchas historias… No es mi favorito, pero lo quiero mucho por todo lo que significó hacerlo, vivirlo, y por lo que ha significado hacia afuera.

Además de poeta, has destacado como traductora y ensayista. ¿Actualmente tienes proyectos en estas áreas?

En el ensayo, he estado trabajando en algunas cosas sobre arte y mujeres indígenas. Esto a raíz de un diplomado que organiza la UNAM con la Unesco, el diplomado para fortalecer el liderazgo de mujeres indígenas. Me han invitado a impartir algunos temas relacionados con arte, y a partir de eso empecé a escribir ensayos sobre el tema. Pero también me fui encontrando con el trabajo de jóvenes, y estoy trabajando ahora un ensayo sobre los jóvenes indígenas y el arte como resistencia. Cómo los jóvenes están utilizando el arte como una herramienta para seguir fortaleciendo la cultura. Por ejemplo, los chicos que están haciendo rap en zapoteco y otros idiomas… Es un nuevo ritmo y es nuestra cultura, y a veces los más grandes dicen “eso viene de afuera”, pero al estar haciendo rap en nuestro idioma, aunque sí es un nuevo ritmo, están ayudando a fortalecer el lenguaje. O los chicos que están haciendo grafiti: ahí encontramos también elementos de nuestra cultura. No están rayando por rayar, son chavos que tienen un concepto y una imagen, y que también están incorporando imágenes relacionadas con la comunidad. Entonces de eso estoy hablando ahora: el arte de los jóvenes como resistencia, y las mujeres y el arte. Las mujeres, porque el arte ha sido un medio para visibilizarnos, un medio para sobrevivir, porque nos ha sanado en varios sentidos: emocionalmente nos ha sanado, nos ha curado, pero también está siendo un medio de sustento económico, y esa parte es muy interesante. En cuanto a traducciones, sigo traduciendo mi propio trabajo, y no he retomado el de otro autor. Estoy haciendo una revisión de la traducción que hice de Pancho Nácar, un autor zapoteco, porque hay interés de reeditar ese trabajo.

¿Cómo consideras que es la situación presente de la poesía en lengua zapoteca?

Muy vital. Me parece que estamos en un punto en el que está teniendo mucha fuerza. Hay distintas generaciones de escritores zapotecos produciendo. De los que están vivos, hay una generación de escritores que nacieron en los años cincuenta y sesenta, que tienen un trabajo importante, como Natalia Toledo, Víctor Terán, Esteban Ríos, que el año pasado obtuvo el premio de lenguas indígenas de la FIL. Su trabajo está muy vigente, es muy fuerte. Luego hay otra generación, que en la que yo entro, que son los nacidos en los setenta, y está el trabajo de Gerardo Valdivieso, el mío, el de Víctor Cata... Hay otra generación más joven, de gente que nació en los ochenta, que está produciendo: Eugenia Prudente, Rodrigo López; y una generación más nueva, con los que yo estoy encantada: chicos que nacieron en los noventa, como Elvis Guerra y Claudia Guerra, que han ganado los premios de CaSa [Creación literaria en lengua zapoteca], el premio del Centro de Artes San Agustín, que ha apoyado Francisco Toledo, y son becarios del Fonca en este momento. Es decir, tenemos distintas generaciones produciendo, y a lo largo de distintas generaciones nos damos cuenta de que hay continuidad en la creación literaria de los zapotecas. Se va pasando la estafeta de una generación a otra, y esto significa que es una lengua que sigue estando viva, sigue estando vigente, y se sigue empleando tanto para el habla cotidiana como para la creación literaria. Ahora, también en la música está muy vigente, a partir de los nuevos ritmos que te decía: jóvenes que están haciendo rock en zapoteco, rap en zapoteco, que cambian lo que había sido el son tradicional o la trova. Ahí vamos. Hay esperanzas de fortalecimiento y continuidad.

 

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Dxiibi

Ruchibi ca dxi ca naa
zandaca gubidxa gucaaguí guendabiaani’
ne guxiá guendaredasilú
Ridxibe' binni nuu cherica'
cani rului’ nanaxi ruaaca
ne rutaabica’ ludxica’ naduxhu’
Ridxibe' chu' ladxilu’ xtiidxacabe
ne guchou'’

                               gacalu’ stobi

Miedo

Me asustan los días
puede ser que el sol incendie la memoria
y borre los recuerdos
Me dan miedo aquellos que están allá
los que enseñan miel en su boca
y clavan su filosa lengua
Tengo miedo de que sus palabras entren
en tu corazón

                                 y te vuelvan otro