No. 105 / Diciembre 2017 - Enero 2018


De la censura como forma de libertad
a la libertad como forma de censura1


Ana Blandiana


Nunca he sabido, y tampoco lo sé ahora, cuántos escalones componían la censura. Está claro que 
y me refiero al período que he vivido yo, después del ’77— el primer escalón lo formaban los redactores de la editorial. Era, en realidad el primer escalón ambiguo, ocupado en cierto modo por los propios escritores. Y buena parte de estos escritores, aunque eran redactores de la editorial, tenían los mismos sentimientos y la misma posición estética y política que el escritor que les llevaba el manuscrito. Entonces se iniciaba cierta complicidad entre autor y redactor en contra de la censura. Una vez, en una conferencia que pronuncié en el extranjero, me preguntaron por qué utilizaba «el término complicidad y no solidaridad». Y tuve un momento de vacilación y me pregunté "¿realmente por qué?" Con certeza hubo complicidad. ¿Pero hubo también solidaridad? Y me di cuenta que la complicidad es un término más correcto, porque la mejor prueba de que no se trataba de solidaridad es que desde el momento en que se producía una caída, nadie defendía al caído. Pese a ello, siento un reconocimiento real para con los redactores que me han ayudado a luchar en contra de la censura.

Mi libro Proyectos de Pasado, que en esta conferencia tomaré como un estudio de caso, era evidente que no debía publicarse. Su historia es muy compleja, pero en una primera etapa en la que tenía que haber sido vetado, recibió las aprobación, gracias a que unos redactores habían escrito unos informes en los que se decía “Se trata de un libro que habla acerca de las realidades maravillosas de nuestra época socialista”, cuando en realidad era un libro sobre las deportaciones y las cárceles.

De todos modos, el sentimiento generalizado era que la censura era como una niebla que se cerraba a tu alrededor y, en los casos más graves, te helaba y te sofocaba. Sin embargo, la mayoría de mis colegas y yo me refiero a los colegas de verdad eligieron luchar contra la censura y, a veces, incluso pudieron vencerla. Avanzo una metáfora nada halagüeña para nosotros, pero bastante exacta: la lucha con la censura era una lucha que se parecía a un abrazo. Puesto que, ¿qué se parece más a un abrazo que una lucha, cuerpo a cuerpo? Era una lucha que al mismo tiempo te manchaba, porque te mezclabas con aquellos con los que te peleabas, a los que despreciabas y a los que temías. No obstante, a veces, conseguías salir victorioso. Y los libros que publiqué entonces y que ahora se traducen a decenas de lenguas, que han perdurado, demuestran que fueron victorias reales.

En este orden de cosas quiero contarles un dilema que fue para mí una obsesión a lo largo del octavo decenio. Mi pregunta era: Luchábamos con la censura día a día por cada línea, por cada palabra, por cada adjetivo. Te eliminaban un adjetivo, lo aceptabas, lo cambiabas por otro, pero no era suficiente, después de dos, tres cambios volvías al primero, y a veces no se daban cuenta de que regresabas a la primera variante, y otras cosas de este tipo. Pues luchábamos y a veces vencíamos, y se publicaba un libro que decía algunas verdades duras acerca de la sociedad de aquel momento. Pero este libro, por el mero hecho de que se publicara, constituía una prueba de que en Rumanía existía una libertad que en realidad no existía. Tenías que decidir qué era lo correcto: luchar, y de este modo, en la medida en que ganabas, respaldar a tus adversarios o bien elegir la no acción. Es decir, elegir entre el negro absoluto y tu obra. He sufrido mucho por este tema, sobre el que volvía constantemente y que se convirtió en obsesión. Cierto, yo había elegido escribir y creo que tenía razón, porque los libros que publicamos entonces, me refiero a la generación de los sesenta, influyeron en las generaciones siguientes. El negro absoluto hubiera sido más radical, pero más estéril.

Creo que si me pongo a analizar cómo he vivido yo como escritora la censura en esta época, distinguiría dos períodos: la primera etapa hasta el 1 de marzo de 1977, cuando la censura era una institución que tenía una sede, un número de empleados, un nombre (La Dirección de la Prensa y de las Imprentas), cuando todo el mundo sabía lo que era la censura, porque desde la editorial se enviaba el manuscrito a una calle concreta y de donde regresaba con el célebre DP (La Dirección de la Prensa); y la segunda etapa, posterior a esta fecha y hasta el final, cuando la censura ya no era una institución, sino una definición, ineludible e ilocalizable, de la época. El último período fue difícil de aguantar, porque ya no existía ni el recuerdo de la libertad, ni la esperanza. Si durante el período estaliniano, aún había gente que había vivido en un mundo libre, y que aún pensaba con ingenuidad de que iba a regresar, nosotros ya no teníamos ni la capacidad de recordar, ni la fuerza de esperar.

Empecé a escribir prosa después de cumplir 30 años y después de publicar 5 o 6 libros de poemas, en un momento en que sentí que tenía que interponer entre la realidad y la poesía algo más que las reflexiones que publicaba semanalmente en las revistas literarias. Más exactamente, sentí que si no intentaba describir todo lo que veía, todo lo que vivía, todo lo que entendía (algo que solo podía hacer en prosa), la realidad circundante iba a entrar sin preguntarme en los poemas, con sus detalles sórdidos, sus acontecimientos promiscuos, sus personajes hipócritas y sus significados profanadores. Y no me era difícil imaginar mis poemas hundiéndose como unos barquitos de papel cargados con hierro.

Era una obligación que tenía por igual con la poesía y con la realidad, ya que resultaba evidente que tenía que exorcizar la realidad a través de la escritura. Si no recurría a los medios de imitación de la prosa, solo asistiría al sacrificio de la poesía, forzada a ahuyentar los demonios y a transformarse en un ángel exterminador. He tenido siempre la convicción de que, a pesar de su inmaterialidad, la poesía puede convertirse en un arma poderosa pero nunca en un medio para hacer limpieza. Y yo necesitaba purificarme de todos los residuos que la historia y la vida no cesaban de depositar sobre mí, necesitaba verterlos cada noche en una página para que al día siguiente pudiera depositar otros sin el peligro de hundirme en sus orillas contagiosas.

“Lo fantástico no se opone a lo real; es solo su representación más llena de significados. Al fin y al cabo imaginar significa recordar”.2 Desde estos supuestos partí cuando empecé a escribir prosa, una prosa en la que lo importante no era narrar acontecimientos sino obsesiones; una prosa cuya autenticidad no consistía en copiar la realidad, sino en el empeño de darle significado. Un significado que lo fantástico protegía de la censura, lo escondía en un aura que lo disfrazaba al tiempo que lo iluminaba. En el intento de escapar de la censura, lo fantástico llegaba a ser un arma de defensa y al mismo tiempo una forma de expresión que amplificaba la sutileza artística. He soñado siempre con un texto que tenga varios niveles, parecido a las paredes de los monasterios medievales pintados con paisajes en los que se descubren figuras de santos desde ciertos ángulos.

Cuando pasé de la prosa fantástica a la novela, este significado, antes de reflejarse en el libro, surgió de mi voluntad de transcribir una realidad difícil de soportar: no tenía derecho a publicar, un coche vigilaba nuestra casa, el teléfono no funcionaba con la excepción de aquellos momentos en los que unas voces desconocidas proferían insultos o amenazas, y el correo no llegaba, mientras que sobre mí se lanzaban rumores para aislarme. Me machacaban con sutileza e ingenio. En estas condiciones, la novela que estaba escribiendo transformaba mi existencia en la materia prima de la escritura y de este modo la impregnaba de significado. Además, cuanto más difícil de vivir me resultaba la vida, tanto más interesante y soportable se volvía la escritura. Estoy convencida de que psíquicamente he resistido en esta época porque, de este modo, la aberración de la historia se transformaba en una figura de estilo y, sin darme cuenta, la escritura misma se volvía una terapia. La versión alemana de la novela fue publicada con el eslogan publicitario: “Un libro que me ha salvado la vida”. Escribir prosa me ha creado la sensación de que de esta manera protegía la poesía de la realidad y así, al encerrarla en un libro, me estaba protegiendo a mí misma.

Esto no significa que, al llegar a ser una escritora profesional, dejara de escribir versos. ¡Ni que hubiera dependido de mí! De mí dependió solo porque cada escritor profesional utiliza en el proceso de la escritura todo su ser intentar transferir en prosa lo que había aprendido en la poesía: que las palabras no son tan importantes como sus sombras y que las palabras que han vendido su alma no tienen sombra.

Me gustaría regresar al libro Proyectos del Pasado, cuya traducción al español publicada por la editorial Periférica se va a presentar esta tarde, volumen que he elegido como ejemplo. Se trata de un libro de cuentos fantásticos en que lo fantástico camufla veladamente la realidad. Por lo menos así fue percibido por el público rumano y extranjero. Este libro obtuvo el visto bueno gracias a unos informes extraordinarios, escritos por los redactores que mediante frases del lenguaje de madera comunista —la langue de bois recomendaban y camuflaban su contenido. Pero en aquel momento yo cometí un error. Una revista me pidió que les enviara un texto, unos poemas. Mas yo no tenía poemas y pregunté si querían un relato, y les di “Aves voladoras para el consumo”, la historia de una profesora de marxismo, que para librarse de las colas, decide improvisar en el balcón un criadero de aves. Compra unos huevos de los que espera que salgan pollos, pero en vez de pollos, salen ángeles. Por tanto, envié el relato y unas semanas más tarde me enteré de que en la revista se había montado un gran escándalo, porque los tipógrafos se negaron a imprimir mi relato en protesta porque yo calumniaba y ridiculizaba la realidad socialista. Manipular a los trabajadores en contra de los intelectuales era un mecanismo que yo conocía hace mucho tiempo y al que se recurría cuando era necesario. De hecho, no era verdad que los tipógrafos se negaran a hacerlo. Pero era una forma de parar un texto no deseado en un tiempo en el que la censura “ya no existía”. Y puesto que no existía una institución que dijera “esto no se publica”, invocaban la clase obrera. Así que todo comenzó desde el principio. Y porque la redacción de la revista intentó defenderse explicando que el relato formaba parte de un libro ya en imprenta que tenía la aprobación, el libro fue prohibido.

Y aquí intervino mi buena suerte, que no me ha fallado nunca, pero también la infinita capacidad de manipular y de ceder de los “órganos”. “Suerte dentro de la mala suerte”, sintetizó mi marido las innumerables situaciones en las que me pasaban las cosas más peligrosas posibles, pero de las que conseguía siempre salir.

En diciembre de 1981, en pleno escándalo con mi libro, la Universidad de Viena anunció que, en nombre de las universidades de lengua alemana de Austria, Suiza y Alemania, era la galardonada con el premio Herder para el año 1982. Al principio no recibía el visado de salida del país que finalmente conseguí solo con dos días antes de la gala. Pero cuando llegué a Viena, unas horas antes del comienzo de la ceremonia de entrega, recibí un mensaje en que me anunciaban que mi libro había recibido luz verde para su publicación. La probabilidad de la denuncia del mecanismo de la censura se consideraba más peligrosa que la publicación del libro mismo.

En el marco de esta lucha he sido prohibida tres veces, prueba de que he perdido en muchas ocasiones, aunque a veces he ganado. Pero estoy convencida de que en un país en el que la solidaridad siempre ha sido precaria, la escritura era una de las pocas formas en las que podías resistir solo. Solo tú con tu folio de papel y tu lápiz. Siempre he pensado que qué suerte tenemos nosotros los escritores, y no los médicos o los ingenieros, o los directores de películas. Nosotros si teníamos fuerza, si teníamos carácter, si teníamos coraje, podíamos resistir. Porque nuestra vocación nos daba la posibilidad de resistir solos.

Así pues, me han censurado tres veces. La primera vez, después de que publicara los primeros dos poemas de mi debut bajo el nombre de “Ana Blandiana”. Mi padre estaba preso y en poco tiempo en la ciudad en la que vivía, se enviaron circulares a todas las publicaciones del país en las que se advertía de que bajo el pseudónimo de “Ana Blandiana”, se escondía la hija de un enemigo del pueblo. Más allá del hecho de que esta interdicción me afectaba a mí personalmente y duró 4 años en los que no pude cursar estudios universitarios, me pareció exagerado e increíble el que no hubieran escatimado ningún esfuerzo, hubieran escrito a cientos de publicaciones para prohibir a una niña de 16 años y que había publicado ¡dos poemas! Y al fin y al cabo, yo podía no tener talento o no seguir escribiendo. Y, sin embargo, habían hecho un esfuerzo tan grande. Es, en mi opinión, un buen ejemplo del poder aún sin confirmar del escritor que proviene del miedo que los demás sienten ante él. Puesto que mi padre estaba preso, se suponía que yo iba a evolucionar en la misma dirección, así que preferían cortar de raíz cualquier posibilidad de oposición. Si tuviéramos que dibujar un gráfico del comunismo deberíamos representarlo bajo la forma de unas ondas, porque no fue lineal e igual a sí mismo. Hubo periodos en los que la tuerca se apretaba —esta era la expresión— y otros en los que se aflojaba. No supe nunca cómo traducir esta frase, porque conozco el equivalente de “apretar” y “tuerca”, pero en otra lengua la expresión parece aberrante, mientras que para mí es perfectamente normal, me he acostumbrado con ella, es una definición. Así pues, tras la primera prohibición, que duró 4 años, se aflojó la tuerca, se abrieron las cárceles… por tanto, fue un periodo en el que empecé a publicar, he publicado libros y libros, y llegué a ser una escritora conocida.

Las siguientes dos prohibiciones fueron a raíz de la publicación casi absurda de unos poemas subversivos, y la represión y el escándalo incrementaron su difusión, la gente los copiaba a mano en miles y miles de ejemplares. Hasta 1989 mi vida estuvo marcada por aquellos poemas manuscritos que gente desconocida sacaba del bolsillo de su pecho y me los enseñaba.

La tercera prohibición fue la más grave y duró hasta 1989 y tuvo también una dimensión física, por decirlo de alguna manera. Apareció un coche estacionado delante de mi casa, el correo ya no llegaba, el teléfono dejó de funcionar, nadie se atrevía a visitarnos. De la censura de los textos se pasó a la censura de la persona que escribía. En realidad era una prohibición no solamente para el futuro sino también para el pasado: mis libros pasaron al fondo secreto de las bibliotecas.

Esta fue, pues, la historia de mis interdicciones. Jean D’Ormesson define al intelectual como alguien que se encuentra buscando la verdad más allá de sus intereses. Me parece una de las más bellas y exactas definiciones de un verdadero intelectual y espero de todo corazón que este haya sido también el sentido que intenté dar a mi existencia y a mi escritura.

Desearía explicar el título un poco chocante que he dado a mi conferencia. Mientras en la primera parte del título se refiere a una censura ideática, a veces ideológica, en la segunda se centra sobre todo en la censura económica, que solo en ciertos casos llega a ser censura propiamente dicha.

Pero antes de esto quería decir que la censura de antes también tenía consecuencias, que resultaban difíciles de entender entonces y ahora.

Recuerdo que conocí a un escritor inglés, John Brownjohn, que a la sazón era también el Presidente de la Sociedad de Escritores Ingleses. Le conocí en la mitad de los años 80 durante una visita que realizó en Rumanía. Y él me dijo “¡Si supiera cuánto le envidio!” “Por qué” le pregunté yo intrigada. “Por la condición del poeta en Rumanía”. Le contesté “¿Se ríe de mí? Usted viene de un país libre, puede escribir todo lo que quiera”. Yo en aquella época ni siquiera tenía el derecho de publicar. Él me contestó “pero se da cuenta que si dice una sílaba, todo el mundo azuza los oídos para escucharla y completarla… Mientras que yo puedo estar en medio de la calle y gritar las verdades sobre el gobierno, la reina… Como mucho los coches me esquivan para no atropellarme, ¡pero nadie me escucha!” Pues bien, la sociedad totalitaria y su censura omnipresente tenía este efecto: creaba un vínculo entre el lector y el escritor y le daba a este último cierta aura que desaparecería después.

De todos modos, después de 1989, por lo menos un año (el terrible año de 1990), lo más difícil para mí fue entender que la libertad de la palabra disminuye la importancia de la palabra.

Ser libre es evidentemente más difícil que no serlo. En la libertad con la que he soñado siempre, cuando puedes decir cualquier cosa, lo que digo no tiene ni de lejos la importancia que tenía antes. Y esto es evidente, ya que antes, la poesía reemplazaba muchas cosas. Así como bebíamos café con sustitutivos, la poesía reemplazaba la religión, la historia y la filosofía porque tenía a su disposición la metáfora, que es una comparación a la que le falta un término, un término que el lector intuía e inventaba y, de este modo, lograba pasar por encima y por debajo de la censura. Mientras que en condiciones de libertad, todas estas entidades han recobrado su lugar y la poesía se ha quedado sola con sus metáforas sin usar ante un púbico débil, un público de élite, el público lector de poesía. Pero me parece que esto es lo normal. Lo otro era lo anormal. Pero desde aquí hasta establecer el valor en función de los criterios de marketing, es decir de transformar los mecanismos de marketing en un sismógrafo del valor, va un largo trecho que no puedo aceptar.

En 1993 viví una experiencia que, aunque sería una exageración decir que me ha traumatizado, me ha hecho caer en la cuenta de que no existe una sociedad ideal en la tierra y que nosotros, los que mirábamos desde lejos el mundo libre occidental, nos habíamos hecho una imagen falsa de él. Ellos no nos conocían en absoluto porque no les importábamos, y nosotros no los conocíamos porque los idealizábamos.

Mi experiencia fue la siguiente: poco después de 1990, de hecho incluso durante el periodo en que se me prohibía publicar, vieron la luz traducciones en varias lenguas. Ahora tengo 72 libros publicados en 25 lenguas. En Alemania se publicaron en un breve espacio de tiempo 3 libros. Me propusieron traducir también mi novela El cajón de los aplausos. Después de unos meses recibí la versión en alemán de la novela. Solo que esta versión tenía otro final al de mi libro. Y de este modo me enteré de que habían eliminado 100 páginas. 100 páginas sin avisarme. Y cuando protesté, el editor me dijo con cinismo que en rumano tiene 350 páginas y que él no tenía manera de saber que en alemán iba a tener 520 y que todo libro que supera las 350 páginas supone una pérdida para él. Así que cortó como si de un chorizo se tratara… No sé si hubiera aceptado eliminar algo si me lo hubiera dicho, pero habría eliminado de manera más inteligente, con más sentido… Él cortó simplemente. El libro se acababa unos capítulos antes del final.

Mi única venganza fue que en todas las entrevistas que he concedido después en Alemania he explicado que mientras toda una vida he luchado contra la censura política y a veces he podido vencerla, ahora me encontraba ante la censura económica, en contra de la cual no tenía ningún arma.

Concluyo pidiendo disculpas por el título demasiado chocante de mi conferencia. Quería que fuera una señal de alarma que nos impida olvidar que tenemos que seguir defendiendo la independencia y la libertad amenazadas hoy de otro modo que ayer, pero siempre en peligro.

No olvidemos que al defendernos defendemos también a nuestros lectores, sujetos a una operación de lavado de cerebro de muy distinta naturaleza que en la época comunista, pero que puede tener mucho más éxito, porque entonces las víctimas oponían resistencia, mientras que ahora disfrutan felices los espectáculos de entretenimiento.

Tenemos que permanecer atentos a nuestra propia definición, cuya independencia tenemos que defender ante la fiebre irracional del progreso y del beneficio (“un elan vers le pire” como decía Emil Cioran). Tenemos que estar convencidos de que en el interior silencioso de las palabras encontramos la salvación de la humanidad del aura negra de la materialidad excesiva y exclusiva.

Me gustaría si fuera posible que entendiérais mis palabras en sentido literal y no como una simple figura de estilo. Así como en las sociedades desprovistas de libertad la poesía ha sido un medio de salvación de la mente y del alma en el infierno del terror —es suficiente recordar los versos transmitidos en el alfabeto morse a través de las paredes de las cárceles comunistas en Rumanía—, el mundo de hoy puede salvarse a través de la poesía. Creo que la presencia de la poesía puede verdaderamente deshacer la libertad salvaje en la que hemos caído como en una trampa, de donde ni siquiera sabemos ni qué es lo que gritamos ni cómo salir de ella. Estoy convencida que después de romper todas la leyes hasta las de la moral solo la fuerza de atracción de la poesía nos puede mantener en vida en la trayectoria centrípeta del arte y de la humanidad.
 


1 Traducción de Viorica Patea y Natalia Carbajosa.
2 Ana Blandiana, “La primavera”, Las cuatro estaciones, Cáceres: Periférica, 2011, 55.